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Un Curso de Fe Inegoísta L 2, P 4

Un Curso de Fe Inegoísta

El poder ilimitado de Dios SER ABSOLUTO

Lección No.2

Parte No.4

    Y precisamente, nuestro octavo valor espiritual es el de la pobreza y el sufrimiento afectivos. Para abordar este tema, hay que empezar por distinguir entre la pobreza efectiva y la pobreza afectiva. En el sitio web del Diccionario de Acción Humanitaria y Cooperación al Desarrollo, encontramos la siguiente definición de pobreza que es equivalente a la pobreza Efectiva: Situación de una persona cuyo grado de privación se halla por debajo del nivel que una determinada sociedad considera mínimo para mantener la dignidad. En términos más simples, la pobreza (efectiva) se refiere a aquella persona o familia que no tiene lo necesario para satisfacer sus necesidades básicas. Dado que la pobreza efectiva se mide en términos de un ingreso mínimo personal o familiar, se trata de un elemento objetivo.

     Mientras tanto, la Pobreza Afectiva se refiere a la indiferencia que logra experimentar una persona con relación a un determinado grado de austeridad, a una situación económica relativamente precaria, o a la ausencia de un determinado nivel de bienestar material que se puede considerar como el mínimo o el promedio para pertenecer a una determinada clase media. La pobreza afectiva es el resultado de una valoración muy particular que hace el individuo de su modelo de vida totalmente coherente con los principios de la doctrina del Espiritualismo Ontológico o de la Fe Inegoísta (que incluye la Ley Eterna) y/o con los ideales  de la filosofía perenne, y por ende, se trata de un elemento subjetivo y volitivo.

     Algo muy relevante en cuanto a la pobreza afectiva, es que solo un individuo cuya voluntad y entendimiento (funciones inorgánicas y elementos de naturaleza espiritual alojados en la psique u organismo sobrenatural), permanezcan la mayor parte del tiempo en el modo virtuoso, tendrán la capacidad de experimentar y regocijarse con dicha condición. A ese individuo lo denominamos emprendedor espiritual.

     La pobreza y el sufrimiento afectivos son el resultado de lograr un alto grado de incondicionalidad en relación con la avidez (es decir, los apegos, deleites, deseos, pasiones, emociones). Dicha incondicionalidad proviene de un trabajo intenso, permanente e inclaudicable con la voluntad misericordiosa/transigente y con el entendimiento puro, inegoísta, ascético, abnegado y resiliente (o sea, con la voluntad y el entendimiento enfocados en el modo virtuoso). 

     El emprendedor espiritual, cuyo modelo de vida es totalmente coherente con su deber sagrado (La Ley Eterna y los valores espirituales), y que en consecuencia tiene la dicha y la capacidad de experimentar la felicidad espiritual (sustentada en los bienes espirituales) y de prescindir o de ser indiferente en gran medida a la felicidad material-personal (sustentada en los bienes exteriores), obtendrá como resultado una mayor presencia concentrada de SER, de Dios, de Bien, ya que se ha librado del ensimismado yo que es puro No-Ser, lo cual implica que tiene un mayor grado de desenvolvimiento espiritual, y por lo tanto mayores probabilidades de librarse de las causas deficientes o perjudiciales productoras de No-Ser (de la privación de SER y del mal metafísico) y de alcanzar la contemplación y el Estadio Existencial de Plenitud. La pobreza y el sufrimiento afectivos, junto con la práctica de otros ejercicios espirituales, además de la  meditación, del estudio y lectura de libros de filosofía perenne (filosofía oriental, filosofía cristiana, sofiología), son algunas características muy particulares del modelo de vida sustentado en el emprendimiento espiritual.

     Pero el emprendedor espiritual no es una persona enclaustrada en un monasterio, en una abadía o un cenobio. Es un ciudadano común y corriente que tiene que cumplir con sus funciones o roles profesionales-laborales, familiares, sociales, religiosos o confesionales, académicos, de entretenimiento, etc. Y necesita distribuir su tiempo de tal forma que pueda cumplir con todas y cada una de sus funciones o papeles de la manera más perfecta posible (porque todo lo que hace lo consagra a Dios) y proporcional (según su importancia desde el punto de vista ascético-espiritual). Cuanto menos esté condicionado por la avidez (los bienes exteriores o materiales-personales), menor será su consumo de objetos prescindibles, mayor será su independencia económica, mucho más simple será su vida, y finalmente, mejores serán sus posibilidades de contar con minutos u horas de ocio para su rol más importante, el de emprendedor espiritual, que recordemos, está constituido por las obras (o la caridad o altruismo), la devoción y el conocimiento de la ciencia espiritual. Es imperativo indicar en este punto, que el emprendimiento espiritual es el paso previo para aspirar a ser un espiritualista ontológico y practicante de la Fe Inegoísta de clase mundial.

     La pobreza y el sufrimiento afectivos está admirablemente encarnados en el siguiente fundamento del Espiritualismo Ontológico y de la filosofía perenne: La vida no es un fin en sí misma para establecer apegos de todo tipo con los bienes materiales-personales (incluida la personalidad egoísta de nuestros seres amados), sino, todo lo contrario, es un medio para alcanzar el conocimiento unitivo de la Realidad Divina Noumenal a través de la ruptura con la mayor cantidad posible de apegos y finalmente, acceder al Estadio Existencial de Plenitud.

     En el sentido opuesto, la pobreza y el sufrimieto efectivos se manifiestan cuando nuestra voluntad y entendimiento se encuentran principalmente en el modo defectuoso o vicioso. Nos referimos a nuestra mente calculadora, deseosa, egocentrista y a nuestra voluntad obstinada con los deleites, apegos, deseos y pasiones; nuestra voluntad obstinada con lo que yo queremos, deseamos, necesitamos, consideramos merecer, y hasta con lo que le rogamos o suplicamos a Dios. En síntesis, la avidez.

     Todos los objetos, las cosas y los seres humanos somos entes. El mal metafísico es el costo de oportunidad de ser un ente, es decir, de existir. Dicho mal en principio es insalvable, ya que Dios no podía crearnos tan perfectos como Él mismo, puesto que Dios por definición es increado y consecuentemente no puede crear dioses. Por lo tanto, los seres humanos en nuestra calidad de entes y al igual que todos los demás entes del universo, estamos determinados por el mal metafísico, del cual se derivan el mal físico que afecta a la especie humana y al reino animal, y el mal moral (defectibilidad de la razón y de la voluntad), que afecta específicamente a la especie humana y que está profundamente relacionado con la avidez. Todos los males, dolores y sufrimientos humanos, se derivan del mal moral (defectibilidad de la razón y de la voluntad) y del mal físico, los cuales a su vez, son el producto del mal metafísico. Y dichos males pertenecen al ámbito de la verdad relativa, que es No-Ser, mientras que Dios es el Bien absoluto, la verdad absoluta, el SER ABSOLUTO.

     De todo lo anterior, podríamos extraer una deducción muy lamentable: nosotros, en nuestro ámbito o estadio existencial de verdad relativa, nos encontramos en un alto grado de exposición ante el mal metafísico y sus males derivados, el moral y el físico, o lo que es lo mismo, ante las causas deficientes o perjudiciales de No-Ser. Y Dios no puede atender nuestras súplicas y oraciones, ya que mientras los humanos nos encontramos en el orden de la verdad relativa, Dios es la verdad absoluta, el SER ABSOLUTO, el SER puro. Son dos planos totalmente diferentes y separados. En el orden de la verdad relativa hay mucha más esencia que ser, o mucho más No-Ser que SER, y el No-Ser no tiene    sentido en el orden de la verdad absoluta. El mal metafísico, al pertenecer al orden de la verdad relativa, al orden del No-Ser, no es una verdad. Y al no ser una verdad absoluta, no tiene causa o explicación en la verdad absoluta que es Dios. Lo anterior significa que ante el mal, ante el dolor y ante el sufrimiento (en nuestro ámbito de la verdad relativa), dependemos exclusivamente de nosotros mismos, de nuestras virtudes (principalmente las virtudes cardinales: fortaleza, templanza, prudencia y tolerancia), ya que no podemos contar con la gracia de Dios.

     No obstante, tal deducción no es del todo correcta, ya que, si los seres humanos somos entes, es porque Dios nos ha permitido participar de su existencia (de su SER) en una magnitud que si bien es cierto, es ínfima o insignificante (así lo establecimos anteriormente), es la causa de la naturaleza espiritual de nuestra voluntad y de nuestro entendimiento, que recordemos, son de naturaleza binaria, por lo que pueden estar en el modo virtuoso o en el modo vicioso. Vivir la gran mayor parte del tiempo en el modo virtuoso (el fundamento de la Fe Inegoísta) significa vaciar nuestra psique de la voluntad obstinada con los bienes materiales-personales y de la mente concreta, de deseos, calculadora, especuladora, y en su lugar, llenarla de la voluntad clarificada-espiritual y del entendimiento puro, inegoísta, ascético, abnegado y resiliente (proceso denominado kénosis).

     Por lo tanto, vivir permanentemente en el modo virtuoso (innecesario decir que es un desafío descomunal que exige muchísimo sacrificio), incrementará en forma vertiginosa la naturaleza o esencia espiritual de nuestra voluntad y entendimiento, lo que es equivalente a un incremento de la magnitud de SER, de Dios, de perfección, de virtud, de causa eficiente, de Bien en nuestra psique u organismo sobrenatural, y en forma concomitante, reducirá considerablemente la magnitud o presencia de No-Ser, de imperfección, de vicio, de causa ineficiente, de Mal. Vivir permanentemente en el modo virtuoso, implica vivir en una situación muy cercana al vacío perfecto, que es la psique liberada en su totalidad de los deleites, apegos, deseos y pasiones (de la avidez). Y es a través de ese vacío perfecto (kénosis), o de ese estado muy cercano a dicho vacío, que puede obrar la Ley de la Causa Eficiente. 

     Y la Ley de la Causa Eficiente, recordemos, responde a la ley de causa-efecto: cuanta mayor sea la concentración de SER, de Dios, de virtud, de Bien en nuestra psique u organismo sobrenatural, menor será la concentración de No-Ser, de vicio, de mal metafísico y sus derivados mal físico y moral, y por lo tanto, mayores serán nuestras probabilidades de librarnos de los males, dolores y sufrimientos. 

     Como conclusión final, la ejecución correcta del valor de la pobreza y sufrimiento Afectivos requiere necesariamente de la kénosis, que es una condición espiritual extremadamente difícil de lograr y que requiere un trabajo sobresaliente como emprendedor espiritual (recordemos que el emprendimiento espiritual está constituido de obras, devoción y conocimiento). El sacrificio material-personal y la abnegación necesarios para alcanzar la kénosis son ingentes, pero uno de los beneficios que optendremos a cambio es absolutamente invaluable: el favorecimiento de la Ley de la Causa Eficiente.

Objetivo funcional No.2 de Un curso de Fe Inegoísta (el poder de Dios SER ABSOLUTO): Ejecutaré en forma óptima, sistemática, consagrada y como un culto a Dios todos los valores espirituales de la doctrina del Espiritualismo Ontológico y de la Fe Inegoísta, con el objetivo de alcanzar la kénosis, que tal y como ya lo hemos explicado, es la eliminación de la avidez o de mi personalidad egoísta, para que en su lugar, mi psique u organismo sobrenatural se llene de mi espiritual yo inegoísta, es decir, de SER, de Dios, de Bien, de virtud, de poder contra el mal metafísico (el sufrimiento en general). 


Práctica No.1 de la Lección No.2: Lo primero que haré al iniciar cada nuevo día, será asumir el compromiso sagrado de permanecer hora tras hora, minuto tras minuto en el modo virtuoso, lo cual significa que mi vida está siendo gobernada por mi voluntad misericordiosa/transigente y mi entendimiento puro, inegoísta, ascético, abnegado y resiliente.





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